4 poemas de Rainer Maria Rilke

QUEJA DE MUCHACHA

Esa inclinación, en los años
en que todas éramos niñas,
a estar mucho tiempo solas, era dulce;
a otras se les iba el tiempo en lucha,
y cada una tenía su banda,
su cercanía, su lejanía,
un camino, un animal, una imagen.

Y yo pensaba aún que la vida
nunca cesaría de hacer
que reflexionáramos.
¿No estoy en mí en lo más grande?
¿No ha de consolarme ya lo mío
y comprenderme como cuando era niña?

De pronto estoy como repudiada,
y en algo demasiado grande
se me convierte esta soledad
cuando, sobre los cerros de mis pechos,
erguido, mi sentir reclama a gritos
tener alas o tener fin.


LA PARTIDA DEL HIJO PRÓDIGO

ALEJARSE ahora de todo esto confuso,
que es nuestro pero no nos pertenece,
que, como el agua en las viejas fuentes,
nos refleja temblando y descompone la imagen;
de todo esto, que como con espinas
se agarra una vez más a nosotros... alejarse
y a esto y a éste,
que ya no veíamos
(tan cotidianos y acostumbrados eran),
contemplarlos de pronto: suaves, conciliadores
y como en un principio y de cerca;
y presintiendo comprender qué impersonalmente,
qué por igual cayó el sufrimiento sobre todos,
del que la infancia estaba llena hasta el borde:
Y sin embargo irse entonces, arrancando la mano de la mano,
como desgarrando de nuevo algo ya sanado,
y marcharse: ¿a dónde? A lo incierto,
lejos, a un país cálido e inmóvil,
que tras toda acción, como un decorado,
seguirá indiferente: jardín o muro;
y marcharse: ¿por qué? Por impulso, por temperamento,
por impaciencia, por esperanza oscura,
por incomprensibilidad y por incomprensión.

Tomar todo esto sobre sí y en vano
dejar caer algo que quizá se tenía,
para morir solo, sin saber por qué...

¿Es esto la entrada a una nueva vida?




EL PRISIONERO

I

MI mano tiene ya solamente
un gesto, con el que ahuyenta;
sobre las viejas piedras
cae algo de las rocas, húmedo.

Sólo oigo este gotear;
mi corazón va al paso
del caer de las gotas
y se consume en él.

Ay, si gotearan más deprisa,
si viniera de nuevo un animal...
Había más claridad en algún sitio...
Pero qué sabemos nosotros.

II

IMAGÍNATE que lo que ahora es cielo y viento,
aire para tu boca, claridad para tu ojo,
se hiciera piedra, salvo en torno al pequeño lugar
donde están tu corazón y tus manos.

Y lo que ahora se llama en ti y: luego,
y: más tarde, y el año que viene, y después...
se hiciera herida en ti y llena de pus
y sólo supurase, sin volver a abrirse.

Y lo que fue estuviera loco y diera vueltas
corriendo en tu interior, con la boca amada
que nunca rió, espumando de risotadas.

Y lo que fue Dios, fuera sólo tu guardián
y metiera, malvado, un ojo sucio
en el último agujero. Y que tú aún vivieras.


EL CISNE

ESTE esfuerzo de avanzar por lo aún no realizado,
pesadamente y como atados,
se parece al inacabado andar del cisne.

Y el morir, ese no alcanzar ya
el fondo que pisamos a diario,
semeja a su angustioso descender...

a las aguas, que le acogen suavemente
y que, como dichosas y pasadas,
se retiran bajo él, onda tras onda,
mientras, infinitamente silencioso y seguro,
cada vez más emancipado y regio
y sereno, se digna avanzar.


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